El fantasma radiactivo de la guerra fría acecha el atlántico norte

Apenas unos meses después de que Ucrania demostrara la efectividad de sus ataques cibernéticos contra buques rusos, y mientras la Armada Española presume de su flamante S-82 Narciso Monturiol, una sombra del pasado se cierne sobre el Océano Atlántico Norte: los restos del Komsomolets, un submarino soviético hundido hace más de tres décadas. No se trata solo de un naufragio; es una bomba de relojería radiactiva a miles de metros de profundidad.

Un reactor nuclear en descomposición, un peligro latente

Un reactor nuclear en descomposición, un peligro latente

El Komsomolets, hundido en 1989 tras un incendio devastador, transportaba dos torpedos con ojivas nucleares. Aunque se pensaba que su reactor estaba inactivo, la corrosión avanza implacablemente, liberando material radiactivo al mar. Las inspecciones recientes, realizadas con el robot Ægir 6000Khrono, confirman lo que los científicos temían: la corrosión del combustible nuclear está progresando, aunque las ojivas parecen estar selladas, por ahora.

La situación es particularmente preocupante dado el contexto geopolítico actual. El aumento de tensiones globales y las crecientes actividades militares en la región hacen que el destino del Komsomolets sea un tema de vital importancia. Justin Gwynn y Hilde Elise Heldal, investigadores noruegos, han documentado la emisión de material radiactivo desde una tubería de ventilación, una señal inequívoca de que el reactor se está deteriorando.

Como bien señala el Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS),