Openai desmantela sora: el fracaso económico de la ia generativa
La ambiciosa apuesta de OpenAI por Sora, su generador de vídeos con inteligencia artificial, ha naufragado. La compañía, respaldada por inversiones multimillonarias y una colaboración inicial con Disney, ha cerrado la aplicación, poniendo fin a un proyecto que muchos consideraban el heredero natural de ChatGPT. Pero tras el revuelo mediático y las teorías conspirativas, la realidad se revela mucho más prosaica: una ecuación económica que simplemente no cuadraba.
El coste desorbitado de la fantasía visual
Si bien el lanzamiento de Sora en febrero de 2024 generó un enorme interés, con un millón de usuarios tras el debut de su aplicación móvil, la cifra se estancó rápidamente en unos escasos 500.000. Una cifra ridícula si la comparamos con los 900 millones de usuarios semanales que disfruta ChatGPT, la herramienta estrella de OpenAI. Pero el problema no residía solo en la falta de adopción masiva. Lo que nadie cuenta es el precio que OpenAI estaba pagando por mantener a Sora en funcionamiento. La generación de vídeos, como bien saben aquellos que se han adentrado en el campo del deep learning, exige una potencia computacional colosal. Se estima que Sora costaba astronómicos 1 millón de dólares al día, un agujero negro financiero para una empresa que busca la rentabilidad.
La decisión de cerrar Sora no es, por tanto, una jugada estratégica para proteger datos de usuarios, como sugieren algunos. Es una medida pragmática, dictada por la necesidad de optimizar recursos en un momento crucial. OpenAI se encuentra inmersa en una reestructuración, priorizando la rentabilización de sus herramientas de IA, con un enfoque particular en empresas y programadores, para hacer frente a la competencia feroz de rivales como Anthropic.

Spud: el nuevo caballo de batalla de openai
Lo que se creía una pérdida se transforma en oportunidad. La capacidad de cálculo que alimentaba a Sora no se perderá en el olvido. En su lugar, se redirigirá hacia un nuevo proyecto, denominado internamente 'Spud', que se centrará en usuarios profesionales. Podría tratarse de la superaplicación con todas las IAs de OpenAI integradas, un ambicioso proyecto que la compañía utiliza como argumento para justificar su posible salida a bolsa. Asimismo, OpenAI continúa invirtiendo en robótica, incluyendo el desarrollo de un dispositivo de hardware misterioso, liderado por el legendario Jony Ive, el cerebro detrás del iPhone. La apuesta por el futuro es clara: consolidar su dominio en el ámbito de la inteligencia artificial, pero esta vez con los pies en la tierra y una calculadora en la mano.
El cierre de Sora es un recordatorio brutal de que la innovación tecnológica, por más prometedora que sea, debe ser viable económicamente. La inteligencia artificial no es magia, sino una ecuación compleja de datos, algoritmos y, sobre todo, dinero. Y en esa ecuación, OpenAI ha tenido que hacer números y tomar decisiones difíciles.
